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El desfile conmemorativo de la Copa del Mundo resultó emotivo y mostró al mundo lo divertido y simbólico de éstos eventos
Tristemente no hubo tanto turistas como prometió la FIFA, pero los pocos que se dieron cita en Paseo de la Reforma y todas las televisoras del mundo atestigaron una parte de lo que se ve en el Carnaval del Día de Muertos, sólo que ésta vez con ajolotes y rememorando el balompié y que fue disfrutado por los habitantes de ésta capital. El recorrido comenzó con una evocación de las raíces más profundas de la ciudad. Al ritmo de música en vivo, un carro alegórico inspirado en el Juego de Pelota abrió paso a medio centenar de danzantes prehispánicos, seguidos por una monumental ofrenda de muertos dedicada a leyendas del fútbol como Pelé, Ferenc Puskás y Paolo Rossi. Enseguida, una comparsa de catrinas y una trajinera llevaron los colores y tradiciones de Xochimilco al corazón de la ciudad, mientras las figuras monumentales de ajolotes, colibríes, cacomixtles y alebrijes parecían custodiar el paso de chinelos, caporales, mariposas monarca y diversas expresiones provenientes de los pueblos originarios y de las 16 demarcaciones de la ciudad. La hermandad nacional e internacional que caracteriza a México también tuvo un lugar destacado. Los trajes tradicionales y las muestras culturales de las 32 entidades del país desfilaron acompañados por una gran banda de música mexicana que cautivó a niñas, niños y adultos, mientras globos monumentales y bicicletas adornadas con las banderas de las naciones participantes de la justa mundialista recordaron que el fútbol es también un lenguaje capaz de borrar fronteras. La nostalgia mundialista también tuvo su momento relevante con la imagen oficial del mundial México 70, volvió a recorrer las calles de la capital, mientras una representación del festejo de Pelé después de conquistar la Copa del Mundo evocó uno de los momentos más entrañables de aquella competencia. Más adelante aparecieron los recuerdos del Mundial Femenil de 1971 con las exfutbolistas mexicanas que hicieron historia en aquella competencia, quienes fueron reconocidas por miles de personas que, desde las banquetas, respondieron con porras, aplausos y el inevitable coro de "México, México" y “Campeonas, campeonas”, en una muestra de que la pasión futbolera trasciende generaciones. Posteriormente, la justa mundialista México 86 hizo aparición con la figura de Pique, y una recreación de la célebre “Mano de Dios” de Diego Armando Maradona. La parte final del recorrido se transformó en una auténtica postal chilanga. Personajes inspirados en el mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central de Diego Rivera convivieron con vendedores, organilleros, luchadoras, jainas, pachucos y personajes populares de la ciudad. Detrás de ellos apareció uno de los momentos más celebrados de la jornada: el carro sonidero encabezado por Sonido La Changa, que convirtió Paseo de la Reforma en una pista de baile al aire libre. La fiesta alcanzó su punto culminante con una batucada integrada por luchadores, el estruendo de los tambores y el vuelo de los gigantescos globos de Quetzalcóatl y el Ajolote, que cerraron una jornada en la que la cultura popular y la pasión por el fútbol se fundieron en una misma celebración. “Todo fue muy bonito. Lo mejor fue estar en compañía de la familia y sobre todo, pues ver que el ánimo está muy prendido. Vengo con mi esposo, con mis hijos, con mi mamá, con mis hermanas y mis sobrinos, que vivieron su primer desfile”, compartió Betzabeth, vecina del Estado de México. A lo largo de su recorrido por el Ángel de la Independencia, la Glorieta del Ahuehuete, la estatua de Cuauhtémoc, la Glorieta Mujeres que Luchan y el Monumento a la Revolución, el Gran Desfile Mundialista convirtió Paseo de la Reforma en un gran escenario donde convivieron la memoria, la tradición y la pasión por el fútbol. Entre música, danzas, alebrijes monumentales y miles de personas reunidas en las calles, la Ciudad de México celebró su identidad y refrendó su vocación como una capital abierta al mundo. “Tuve muchos momentos favoritos, pero los trajes típicos de cada región me conmovieron mucho. En especial esos penachos; no sabía de qué lugar provenían y nunca había visto algo así. En general, todos los atuendos de las personas que participaron se veían muy bien”, dijo Flor del Valle, vecina de la Benito Juárez. Porque en la ciudad que ha sido sede de cuatro Copas del Mundo, el fútbol se vive más allá de las canchas: se convierte en una herramienta para fortalecer el tejido social, construir comunidad y hacer del espacio público una gran fiesta colectiva. Así, la pasión mundialista volvió a tomar las calles para celebrarse como solo puede hacerlo una metrópoli cuya historia y diversidad han hecho del balón un lenguaje capaz de reunir a generaciones enteras.
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